Eran las 7 de la mañana. A pesar de que no comenzábamos la guardia hasta las 7:30, casi siempre llegábamos un poco antes. Mis compañeros y yo estábamos en la cafetería de la tercera planta del UBC Hospital, donde sus grandes ventanales nos permitían tener una vista panorámica de toda la ciudad de Vancouver.

De golpe, un estrepitoso ruido casi rompió nuestros tímpanos. Los cristales del edificio temblaron con tanta intensidad que parecía que se iban hacer añicos. Por lo que se creó un silencio sepulcral en la sala y casi nadie se atrevía a respirar.

Nos acercamos a las cristaleras para poder divisar. Al fondo y no muy lejos teníamos el Stanley Park. Era allí donde algo había caído desde el cielo. Había levantado una espesa nube de polvo y se extendía tan rápido que apenas nos permitía ver el Pacífico.

Nos miramos los tres, dejamos los cafés en la mesa, bajamos pitando y subimos de un salto a la ambulancia.

John, nuestro enfermero avisó a la central de coordinación por el walkie-talkie y les pidió toda la información que pudieran recopilar al respecto.

Patrick, nuestro técnico, sin mediar palabra se dirigió al Stanley Park. Mientras, yo iba creándome una posible imagen de lo que nos podíamos encontrar.

Ya llegando, Mary la coordinadora de la central nos comunicó que, al parecer, algo enorme había caído creando un boquete en la zona de Tótem Poles.

Todavía no se sabía lo que era, pero se especulaba distintas teorías, podría ser un explosivo, un meteorito, un avión o a saber qué. Dada la gran polvareda, todavía no se podía percibir la profundidad del socavón y ni si había víctimas.

Los bomberos habían acordonado la zona con un perímetro superior al habitual, dado que no se sabía a lo que nos enfrentábamos.

La policía trataba de persuadir a los curiosos para que abandonaran el parque, cosa que difícilmente consiguieron.

Cuando llegamos cerca del altercado, Patrick no pudo seguir conduciendo dado que había pedruscos enormes por doquier y la visibilidad era bastante limitada. Por lo que decidimos coger los bártulos y acercarnos andando al lugar de los hechos.

La espesa nube de polvo se iba disipando y empezábamos a tener una visión más amplia de la zona. Los bomberos estaban preparando el equipo para poder bajar.

Pasado un rato, se fue despejando el ambiente y por fin pudimos vislumbrar un socavón de unos 5 metros de profundidad y unos 8 de diámetro. En el centro se desdibujaba una silueta de una persona acurrucada e inerte y a su lado, una especie de maleta enorme. No había nada más. Todos nos miramos extrañados al ver que no había restos de ningún tipo de vehículo.

Conforme pasaron los minutos la silueta fue cogiendo cuerpo y pudimos ver una mujer pelirroja con un vestido largo y ancho de color azul fuerte.

Entonces uno de los bomberos se acercó a mí y me preguntó

—¿Doctora se atreve hacer rappel conmigo?  —dijo con una media sonrisa en la boca.

—Sí, claro —contesté de forma automática, pues todavía estaba esclareciendo la imagen que tenía delante y me pilló por sorpresa. Pero no tenía muchas opciones, porque el rappel no era mi fuerte y tenía que bajar sí o sí.

Nos acercamos a la señora y…

—¡Hola! ¿se encuentra bien? —le pregunté a la paciente mientras me ponía de rodillas a su lado.

A primera vista no parecía que tuviera ninguna lesión importante, pero al no contestarme me apresuré a tomar el pulso y mirar su respiración. Y sí ¡está viva!

—¡Oiga! ¡Señora! —dijo mi enfermero, mientras le cogía la mano para ponerle una vía por donde administraríamos la medicación.

Al poner el catéter, retiró el brazo y soltó un quejido.

—Siempre consigues sacar a los pacientes del coma —dijo Patrick con un tonillo socarrón.

—Anda, sujeta el brazo, que como se me salga la vía, las voy a pasar canutas para ponerle otra —dijo John atareado.

—¿Se encuentra bien? —le pregunté mientras le retiraba el pelo de la cara.

La señora, bueno, señorita porque no tendría más de 25 años, me miró con unos ojos almendrados de un verde esmeralda precioso. Pero parecía no entenderme.

—¿Te encuentras bien? —le repetí de nuevo.

—šþψŸ¥  ζ⊗ξ∞ —trató de decirme algo.

—Perdona no te entiendo —pensé que estaba confusa y no podía articular palabra.

De golpe sus ojos verdes pasaron a un azul cobalto precioso. ¡Mira que he visto cosas raras a lo largo de mi carrera profesional! Pero por lo visto, todavía me queda mucho por ver.

—¿Dónde estoy? ¿qué ha pasado? —nos preguntó la señorita con un acento rarísimo.

—Estamos en Vancouver, Canadá —contestó Patrick— ¿cómo te llamas?

—Tara —sus ojos pasaron a ser esmeraldas de nuevo.

—¿Te duele algo Tara? —le pregunté mientras la iba explorando y mis compañeros tomándole las constantes vitales.

Supongo que se sentía invadida con tanta gente alrededor haciéndole cosas. Pero por suerte para ella y extrañeza para nosotros, no tenía ni un rasguño y las constantes estaban a la perfección.

—Sí, me duele la cabeza.

—Tranquila, ahora te pondremos un calmante —volví hacer otra exploración neurológica y no, no encontré nada especial.

—No gracias, no calmantes, pasará pronto.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé —y un silencio rodeó la respuesta.

—Tara, ahora te subiremos a la ambulancia y te llevaremos al hospital.

—¿A qué hospital me llevan? —preguntó Tara como si tuviera un interés especial.

—Al nuestro —contestó Patrick—, al UBC Hospital.

—¡Ah! he venido a trabajar allí. Y por favor cojan mi maleta

—¿Eres enfermera? —preguntó John

—No, soy médico como decís por aquí. Hablé con el jefe de Urgencias para pasar una temporada en una ambulancia medicalizada y aprender vuestros protocolos.

—¿De dónde eres?

—Bueno —Tara se quedó pensativa y otra vez el azul cobalto tiñó sus ojos.

—No lo sé  —y volvió a emitir esas palabras raras de antes.

—Tranquila es normal que después de una caída tengas amnesia —me miró Patrick arqueando las cejas como diciendo ¿eres consciente del boquete que ha hecho en el suelo?— Yo le sonreí.

—Descansa mientras llegamos al hospital.

—Vale.

Llegando a urgencias del UBC Hospital, Patrick tuvo que realizar más de una maniobra para esquivar a los periodistas que estaban apiñados en la puerta.

Ya dentro, nos esperaba el hospital en pleno y evidentemente todos los jefes de servicio. Creían que la paciente estaría poli-fracturada, intubada, con mil bombas para administrar la medicación, etc. etc. Y al verla intacta se quedaron de piedra. El gerente del hospital se me acercó y preguntó

—Doctora ¿qué ha pasado?

—Eso quisiera saber yo, pues la paciente ha caído de no sé dónde, ha creado un boquete enorme en el suelo, pero sólo se queja de un simple dolor de cabeza, que al parecer ya le ha desaparecido —dije de carrerilla.

—¡Ah!

—Por cierto señor Smith, Tara me ha dicho que es médico y que había hablado con usted para estar una temporada en una ambulancia medicalizada y aprender nuestros protocolos.

—¿Ah sí? Bueno supongo que mi secretaria tendrá constancia de esto  —se quedó pensativo—  Ya le preguntaré.

—Si quiere estar en una ambulancia, que se quede con vosotros que ya la conocéis ¿qué te parece?

—Por mi perfecto, le preguntaré a mis compañeros, pero no creo que tengan ningún problema.