“LAS APARIENCIAS ENGAÑAN”

 

El servicio médico

Como había quedado con el gerente del UBC hospital, Tara empezó a trabajar con nosotros.

El  Julio fue cuando se unió al equipo. Sabíamos poco de ella, mejor dicho, nada. Se le veía reservada y, de momento no quise empezar con el interrogatorio de tercer grado, como me decía Patrick que solía hacer con los residentes.

Era una hermosa mañana de sábado. Alcanzamos el medio día y no habíamos hecho ningún servicio. Mis dos compañeros y yo estábamos echando de menos estar con los nuestros en la playa y, como siempre John era el que más se quejaba.

A estas, que, la central nos pasó un aviso. Se trataba de un paciente que estaba agitado, agresivo y había intentado suicidarse.

Nos comentaron que la policía ya estaba de camino. Mis compañeros y yo nos miramos y dijimos: ¡empezamos bien el día!

Para llegar al domicilio Patrick, nuestro técnico, tuvo que realizar las mil y una maniobra, para ajustar la ambulancia a las callejuelas estrechas.

En la puerta, nos esperaban dos patrullas de policía y, todos al unísono dijeron: Doctora, Usted primero. No sé si fue por cortesía o, porque el servicio les hacía tan poca gracia como a mí.

El portal del edificio estaba oscuro. Alguien encendió la luz, mejor dicho, la triste bombilla amarillenta que pendía del techo y que apenas daba, para ver los escalones desgastados de madera. Las paredes eran de un gris zorruno, aunque es posible que, en algún momento de su existencia, fueron blancas. Al llegar al primer rellano que, además estaba lleno de cajas destartaladas, me paré sin saber por qué y, un escalofrío me recorrió la espalda.

—¿Te pasa algo? —preguntó John mi enfermero, que iba detrás mío.

—No sé, esto no me gusta.

—Tranquila, ya me pongo yo delante —dijo Tara como si estuviera acostumbrada a estas situaciones.

Seguimos subiendo y, al llegar a la puerta del domicilio, antes de tocar el timbre, oímos un ruido y un grito desgarrador. Me giré hacia mis compañeros y los policías se adelantaron.

—¡Ven aquí! —dijo Patrick cogiéndome del brazo.

Mr. Campbell, el jefe de la policía, llamó a la puerta fuerte y contundentemente.

—Mr.  Marshall ¿está bien? —preguntó Mr. Campbell

Se hizo un silencio, al otro lado de la puerta, se oía una respiración entrecortada y agitada.

—Mr. Marshall —volvió a insistir— ¿está bien?

—¿Quién eres? ¿qué quieres de mí? —dijo una voz oscura, e irritada desde el interior de la casa.

—Soy el teniente de la policía Mr. Campbell, estamos aquí con el equipo médico.

—¡Fuera de mi casa! ¡No les pienso abrir!

Entonces, Tara se acercó a la puerta, a pesar de que, mis compañeros intentaron detenerla, y le dijo

—Mr. Marshall soy la Dra. Tara —dijo con voz firme y clara.

—¿Qué quieres de mí? —le espetó sin darle margen a explicarse.

—Nos ha llamado su hijo Paul, porque está muy preocupado por usted —dijo Tara con tono amigable.

 De nuevo el silencio

—Su hija Mary nos ha dicho…

—¿Y por qué no viene ella, a decirme lo que me tenga que decir? —espetó de nuevo.

Parecía que los argumentos se le estaban acabando, pero, de la forma  más natural le propuso

—Escuche, hagamos un trato —dijo Tara— déjenos verle, le tomaremos la tensión, le curamos las heridas y, si está bien, nos vamos todos.

El lúgubre piso

Entonces abrió la puerta y, una bocanada de aire rancio y maloliente, nos empapó hasta las entrañas.

Mr. Marshall era un hombre alto, desgarbado, delgado y casi caquéctico. Con un jersey oscuro, roñoso, raído y medio roto.

Tenía unos cortes en las muñecas que todavía estaban sangrando.

El piso, estaba casi a oscuras. Sólo un fluorescente parpadeante medio iluminaba el pasillo. Las paredes amarillentas, estaban abarrotadas de fotografías antiguas, posiblemente de parientes de otra época.

Y “un algo” pululaba en la atmósfera. Cierto era que, no lo podía ver, ni tocar, pero allí estaba. No sólo era mi impresión, al parecer, Tara también lo sentía, porque me cogió la mano con fuerza. Entramos al comedor y, las ventanas estaban cerradas a cal y canto. Cubiertas por, unas cortinas acartonadas y amarronadas, haciendo juego con las pareces que, también estaban llenas de mil y una fotografía, de posibles familiares. Dando la impresión que, no dejaban de observarnos.

 Como un autómata me dirigí a la ventana y, la abrí de bat a bat, mientras le preguntaba:

—¿Puedo abrirla? —y durante un momento pudimos respirar aire fresco.

—¿Qué queréis? ¿por qué estáis aquí? —dijo encolerizado, cerrando la ventana y, encarándose conmigo.

Mis compañeros y la policía se pusieron en guardia, pero, yo sabía que si manifestaba un ápice de miedo o indecisión, tendría que retirarme y hacer uso de la fuerza.

—¿Cuánto tiempo hace que no se cuida? —dije con tranquilidad, mirándole a los ojos y dando un paso al frente.

—Y a usted que le importa —contestó con gesto amenazante.

—¡Doctora retírese! —oí decir a un policía por el fondo

Yo, haciendo caso omiso a su súplica, no me moví un ápice. Seguía mirándole a los ojos y, al poco, él bajó la mirada, entonces supe que le había vencido.

Se sentó en una silla, destartalada y roñosa. Se originó un nuevo silencio en la sala y, al poco, empezó hablar.

El paciente

—Hace 7 años, era un psiquiatra de renombre —nos empezó a contar con voz triste y cansada— Mi mujer me abandonó por mujeriego, llevándose a mis hijos con ella.

—Perdone, me puedo sentar a su lado —preguntó Tara, para que se sintiera escuchado. Yo le señalé con la mirada, lo asquerosas que estaban las sillas, pero pasó de mí.

 —Sentí tanto dolor que, me refugié en el alcohol y las drogas, hasta perder toda mi fortuna y, la poca dignidad que le quedaba —hizo una pausa, porque se le hizo un nudo en la garganta.

Tara le cogió la mano y él se la apretó con fuerza.

—Y desde hace unos meses mi hijo me trae la comida —entonces me volvió a mirar y, esta vez, sus ojos estaban tristes y vidriosos.

—Mr. Marshall, ¿nos permite ayudarle? —le preguntó Tara, ofreciéndole un pañuelo.

No pudo contestar, sus lágrimas hablaron por él.

Lo llevamos a psiquiatría del UBC Hospital y, sus hijos estaban esperándole. Sin mediar palabra, se abrazaron.

Una vez que dejamos el paciente en psiquiatría John y Patrick nos cogieron por banda a Tara y a mí

—¿Os gusta haceros las heroínas? —Dijo Patrick mirándome con enojo.

—Tenemos que ponernos de acuerdo en cómo actuar con un paciente de estas características —replicó John con tono protocolario.

—Lo siento, no pretendía saltarme el protocolo —dijo Tara

—Sí, tenéis razón, un paciente agitado y agresivo, nunca sabes cómo va a reaccionar —dije con voz sosegada para calmar los ánimos— Pero había algo en sus ojos que, me permitía seguir adelante.

—Dra. Por favor, sabes mejor que nadie que estos pacientes no se pueden controlar —dijo John— Acuérdate de Thomas hace unos meses. Te libraste de un puñetazo porque, fuiste rápida en levantarte de la silla.

—Gracias John por preocuparte, es que a veces la intuición… —miré a Tara y asintió.

—Dra. Por favor —dijo Patrick.

Sí, mis compañeros tenían razón, pero Tara y yo sabíamos que, el Ser Humano, pocas veces sabe cómo manejar las emociones y, por desgracia, más de una vez acaban arruinándoles la vida.